Durante años, las atmósferas de los exoplanetas se han dibujado como anillos: el mismo grosor en todo el disco. El James Webb acaba de abandonar esa simplificación. Observando a la gigante gaseosa WASP-17b cruzar por delante de su estrella, un equipo internacional midió su atmósfera cada 20 grados alrededor del limbo. El resultado es un anillo deformado, con un abultamiento en el lado del atardecer. El estudio se publica el 14 de octubre de 2026 en Nature Astronomy.
«Hemos pasado de un anillo a entender dónde están las gemas en ese anillo», resume Lili Alderson, de la Universidad de Cornell, primera autora del estudio. La frase se quedó.
El limbo del atardecer está 664 °C más caliente y es más alto
Empecemos por la cifra que lo resume todo. Entre el limbo de la mañana y el del atardecer de WASP-17b, la temperatura atmosférica cambia 664 °C. Por la mañana mide 585 °C, algo más del doble de la temperatura máxima de un horno doméstico. Por la tarde sube a 1.249 °C, el calor de una colada de lava.
Los investigadores publican estos valores en kelvin, la unidad que parte del cero absoluto, a menos 273 °C. Así, 858 kelvin son 585 °C y 1.522 kelvin son 1.249 °C. Aquí usamos los grados Celsius, más cercanos.
Semejante diferencia tiene una consecuencia visible. Un gas caliente ocupa más espacio que uno frío. La atmósfera del atardecer se dilata y el planeta parece más ancho de ese lado. El equipo midió el alcance del fenómeno: la altura característica de la atmósfera del atardecer es 1,77 veces la de la mañana.
El abultamiento más marcado está en el ecuador del limbo del atardecer. Es lo que los autores llaman una «gema», un bulto apoyado sobre el anillo. No tiene nada de sólido. Es simplemente la zona donde llega el aire caliente después de dar la vuelta al planeta.
Cómo medir el contorno de un mundo que no se ve
WASP-17b no se distingue en ninguna imagen. A 1.300 años luz, se reduce a una caída de brillo cuando pasa ante su estrella. Ese tránsito dura unas horas y equivale a un 2 % del resplandor estelar.
Durante el tránsito, parte de la luz de la estrella atraviesa la atmósfera del planeta antes de llegar a nosotros. El aire la marca: cada molécula se traga ciertos colores y deja pasar el resto. Si se divide esa luz en 24 franjas de color, de 0,6 a 12 micrómetros, se obtiene un espectro, la huella química del aire atravesado.
El problema es que ese espectro lo mezcla todo. La luz que roza el borde de la mañana, la que roza el borde del atardecer y la que pasa sobre el polo salen por el mismo embudo. Los métodos clásicos deshacen la mezcla suponiendo un círculo perfecto, lo que equivale a promediar atmósferas distintas.
El truco del nuevo método cabe en una imagen. Imagine la sombra de un objeto que no puede ver, proyectada en una pared. Su tarea es reconstruir el contorno. Un círculo daría siempre la misma anchura. Pero si permite que el contorno se deforme, como una goma elástica alrededor de una patata, la sombra empieza a revelar sus irregularidades.
Eso es lo que hace el programa Harmonica, desarrollado en Bristol por David Grant y Hannah Wakeford. Para cada color, describe el radio del planeta como una serie de Fourier, es decir, una suma de ondas cada vez más finas. El primer término da un círculo. Los siguientes dibujan deformaciones cada vez más detalladas, como los mandos de un ecualizador que esculpen un sonido.
Queda la pregunta de hasta dónde deformar sin inventar. Un contorno demasiado flexible persigue el ruido de medida y crea bultos que no existen. Por eso el equipo usó validación cruzada: aparta una parte de los datos, ajusta la forma con el resto y comprueba si el modelo predice bien la parte reservada. La deformación elegida es la que mejor predice, no la que mejor encaja.
Una corriente que rodea el mundo
¿Por qué un lado se calienta más que el otro? La respuesta está en la órbita. WASP-17b completa una vuelta en solo 3,7 días, a 0,051 unidades astronómicas de su estrella, más o menos un octavo de la distancia entre Mercurio y el Sol.
A esa distancia, las mareas de la estrella han detenido la rotación del planeta. Muestra siempre la misma cara a su estrella, igual que la Luna muestra siempre la misma cara a la Tierra. Un hemisferio vive en día permanente y el otro en noche permanente.
Esa configuración crea un desequilibrio que la atmósfera se afana en corregir. El aire de la cara diurna se calienta, se dilata y sube. Después fluye hacia la cara nocturna, empujado por una corriente rápida que ciñe el ecuador. Ese flujo, llamado superrotación, estaba previsto por los modelos desde hacía veinte años.
El limbo del atardecer es el punto de paso de esa corriente. El aire llega aún caliente, cargado con la energía tomada en la cara iluminada. El limbo de la mañana, en cambio, recibe aire que ha pasado días en la oscuridad, ha cedido su calor al espacio y ha perdido volumen. De ahí el contraste.
Un detalle refuerza todavía más el resultado. El equipo midió la abundancia del agua y del dióxido de carbono en cada ángulo. Ninguna de las dos moléculas se desplaza de un lado al otro: la composición del aire es la misma en todo el limbo. Solo cambia la temperatura. Es justo lo que predicen las simulaciones de circulación, que mueven el calor sin remover apenas la química.
Qué cambia para el estudio de los exoplanetas
El resultado no se queda en un mapa bonito. Aporta un método y un punto de comparación.
El método, primero. Funciona en cualquier tránsito con suficiente precisión, y el programa es libre. Las atmósferas exoplanetarias se describían hasta ahora en dos bloques, día y noche. Ahora pueden cortarse en lonchas finas, como se hace con un planeta del sistema solar.
El punto de comparación, después. WASP-17b pasa a ser uno de los pocos planetas cuya atmósfera está cartografiada por los dos extremos: por el limbo durante el tránsito y por la cara diurna durante el eclipse. Las dos medidas cuentan la misma historia. El planeta está caliente donde los vientos depositan el calor y frío donde se lo han llevado.
Las cifras sitúan además a WASP-17b en una familia. Los contrastes medidos en otros júpiteres calientes iban de 100 °C en WASP-107b a 280 °C en WASP-94A b. Con 664 °C, WASP-17b es el más extremo del grupo. También es el más caliente de la serie, como esperaban los modelos.
«Los planetas son temperamentales, sus atmósferas complejas y caóticas», cuenta Hannah Wakeford, coautora y profesora en Bristol. «Que todas estas cifras encajaran y nos mostraran una imagen tan estructurada y dinámica de este mundo gigante a más de 1.000 años luz fue realmente emocionante.»
El equipo es consciente de los límites. El mapa supone una simetría entre el hemisferio norte y el sur, lo que simplifica los cálculos. Los espectros son además menos finos que los de los métodos clásicos, con una precisión de unas 120 partes por millón en la profundidad del tránsito. Las próximas observaciones en el infrarrojo medio deberían afinar la parte más lejana del espectro.
Para ir más lejos
- Los conceptos para seguir el tema: exoplaneta, atmósfera, tránsito, espectroscopia e infrarrojo en nuestro glosario.
- El instrumento que hizo posible la medida: James Webb. Otra de sus lecturas atmosféricas se cuenta en nuestro artículo sobre el tiempo de la enana marrón SIMP 0136.
- Otro júpiter caliente del mismo programa: nuestro artículo sobre la primera estela de una protoplaneta en su disco.
- ¿Con ganas de mirar Júpiter, el análogo más cercano a estos mundos? Localícelo con nuestro mapa del cielo interactivo, prepare la noche con nuestra guía de observación y compare con las imágenes de la galería de astrofotografías.
- Las fuentes de este artículo: el estudio de Alderson et al. en Nature Astronomy (14 de octubre de 2026), su versión en arXiv y el comunicado de la Universidad de Bristol.






