Este jueves 3 de septiembre a las 15:52, hora de París, la sonda BepiColombo superó el último gran hito de su camino a Mercurio: el módulo que la propulsó durante ocho años se separó, a más de 200 millones de kilómetros de la Tierra. Ahora toca el tramo final: inserción orbital el 21 de noviembre, separación de los dos orbitadores científicos en diciembre, ciencia a partir de abril de 2027. Te contamos lo que acaba de pasar y por qué llegar a Mercurio sigue siendo una de las maniobras más exigentes jamás intentadas por la ESA.

La repetición oficial del día de la separación, desde el centro de control de la ESA en Darmstadt. Vídeo: ESA.

Una luz verde a 200 millones de kilómetros de la Tierra

12:03, hora de París: «roll call completed, GO for separation». En la sala de control del ESOC, el centro de control de misión de la ESA en Darmstadt (Alemania), cada equipo confirma en voz alta que todo está listo. La separación ocurre hacia las 14:00. Pero a esa distancia nadie puede ver nada en directo: la señal de radio tarda más de once minutos por trayecto, así que enviar un comando correctivo a tiempo es imposible.

¿Y cómo saber que el módulo se soltó? Gracias al mismo efecto que hace cambiar el tono de una sirena cuando pasa una ambulancia. A las 14:41, la ESA detectó un cambio de frecuencia en la señal de radio: el conjunto acababa de cambiar de velocidad, la prueba de que las dos partes se habían separado. Es la señal Doppler, la variación de frecuencia de una onda cuando su fuente se acerca o se aleja. A las 15:52, confirmación completa: las antenas de Cebreros (España) y Malargüe (Argentina) captaron la telemetría, el flujo de datos de salud de la nave. Todo nominal, y los paneles solares del orbitador europeo MPO, tapados por el módulo durante todo el crucero, por fin recargan las baterías.

Foto del conjunto BepiColombo completo durante las pruebas en 2017: los tres módulos apilados, con sus alas solares desplegadas.
El conjunto BepiColombo completo durante sus pruebas en 2017: abajo el módulo de transferencia con su gran ala solar, encima los dos orbitadores. El módulo de transferencia acaba de ser soltado. Crédito: ESA.

No fue más que el primer paso de una secuencia de llegada que la ESA clasifica entre las más complejas que jamás haya intentado. Antes del evento, en una rueda de prensa el 31 de agosto, Ignacio Tanco, responsable de operaciones del sistema solar interior de la ESA, había comparado esta separación con poner en marcha una nave nueva: la parte restante debe asumir la generación de energía, el control de actitud y la gestión térmica, todo cerca del Sol. Varios instrumentos, incluidas las mejores cámaras de la misión, tapados por el módulo durante el crucero, verán su primera luz una vez liberados.

Por qué el planeta más cercano tarda ocho años en alcanzarse

Mercurio es el planeta más cercano al Sol y, aun así, uno de los más difíciles de alcanzar. La razón es mecánica: para caer hacia el Sol hay que frenar contra el movimiento de la Tierra alrededor del Sol. Y una vez lanzada hacia el interior del sistema solar, la sonda acelera cada vez más, como una bici que baja por una cuesta empinada. Al llegar frente a Mercurio, va demasiado rápido para que el planeta la capture: hay que anular una velocidad gigantesca. La ESA lo resume en una frase: poner un orbitador en torno a Mercurio exige más energía que enviar uno hacia Plutón.

La ESA y la JAXA, la agencia espacial japonesa, lo resolvieron con un tren de tres módulos. La locomotora, el Mercury Transfer Module, llevaba cuatro motores iónicos alimentados por una gran ala solar. Un motor iónico no funciona como un motor de cohete: arranca electrones al gas xenón y expulsa esos átomos cargados a 50 000 m/s, quince veces la velocidad de expulsión de un motor químico. El empuje es minúsculo, el equivalente al peso de una o dos monedas en la palma de la mano, pero se aplica sin interrupción durante meses. Ese régimen de crucero, muy frugal en combustible, curvó poco a poco la trayectoria hacia el Sol.

El viaje no estuvo exento de sustos. En 2024, un problema con los paneles solares privó a los motores iónicos de parte de su potencia. La ESA recalculó el plan de vuelo y alargó el crucero un año para compensarlo. Desde junio de 2026, los motores iónicos están apagados para siempre: la sonda vuela por su sola inercia, en caída libre alrededor del Sol, y la propulsión química del MPO asumió las maniobras finales.

El calendario en cuatro fechas, y luego dos observatorios en torno a Mercurio

  1. 21 de noviembre de 2026: el dúo MPO-Mio se deja capturar por la gravedad de Mercurio y entra en órbita.
  2. 9 y 10 de diciembre de 2026: los dos orbitadores se separan. Hasta ese día, el MPO alimenta al conjunto.
  3. Marzo de 2027: el MPO, tras soltar el escudo solar que protegía a Mio, completa su descenso a su propia órbita polar, la órbita que pasa sobre los polos del planeta.
  4. Abril de 2027: comienzan las operaciones científicas de los dos orbitadores.
Foto de la superficie craterizada de Mercurio tomada por la cámara de control del módulo de transferencia durante el sexto sobrevuelo, el 8 de enero de 2025.
Mercurio fotografiado por la cámara de control del módulo de transferencia durante el sexto y último sobrevuelo, el 8 de enero de 2025. Los instrumentos científicos, tapados hasta ahora, revelarán el planeta bajo ángulos nuevos a partir de 2027. Crédito: ESA/BepiColombo/MTM.

La originalidad de BepiColombo es esta llegada por partida doble. El orbitador europeo MPO (Mercury Planetary Orbiter) volará bajo en una órbita polar ceñida: cartografiará la superficie, la geología y la composición del planeta en alta resolución. El orbitador japonés Mio (Mercury Magnetospheric Orbiter) seguirá una órbita polar muy alargada, hecha a medida para medir el entorno magnético del planeta.

Ese entorno es la magnetosfera: la región en torno al planeta donde su campo magnético desvía el viento solar, ese flujo constante de partículas cargadas que el Sol envía por el sistema solar. Mercurio, pequeño y pegado al Sol, sufre un viento solar feroz, y entender cómo resiste su magnetosfera también iluminará la nuestra. Tener dos sondas a la vez en torno al planeta, una dentro de esa burbuja magnética y otra barriendo sus contornos, cambia las reglas del juego: podremos ver en directo cómo el viento solar castiga a un planeta.

Visualización de la magnetosfera de Mercurio, la burbuja formada por su campo magnético, relevada durante el tercer sobrevuelo de la misión.
La magnetosfera de Mercurio, la burbuja que el campo magnético del planeta opone al viento solar, caracterizada durante el tercer sobrevuelo de BepiColombo, en junio de 2023. Crédito: ESA.

El objetivo final va más allá de Mercurio. El planeta es el menos explorado del sistema solar interior, y la ESA lo presenta como una clave para entender la historia de todo el sistema: por qué un mundo tan pequeño conserva un campo magnético, por qué en sus polos podría haber hielo de agua, y cómo se forman los planetas rocosos cerca de una estrella. Entre 2011 y 2015, la sonda estadounidense MESSENGER dibujó el primer mapa global del planeta antes de estrellarse contra su superficie. BepiColombo da un paso más: dos observatorios, en color y en alta resolución, para responder a las preguntas que el primer mapa dejó abiertas.

Para ir más lejos