El 5 de septiembre de 1977, un cohete Titan IIIE-Centaur se arrancaba de Cabo Cañaveral, Florida. A bordo, una sonda de 722 kilos lanzada en plena carrera: alcanzar a su gemela, salida quince días antes, y luego salir pitando hacia Júpiter y Saturno. Cuarenta y nueve años después, Voyager 1 navega a más de 25.000 millones de kilómetros de nosotros, en el espacio entre las estrellas, y sigue enviando datos.

Esto es lo que cambió esa trayectoria, y cómo una misión pensada para dos sobrevuelos lleva cuatro décadas jugando la prórroga.

Archivos NASA/JPL: el 6 de junio de 1990, el project scientist Ed Stone y Carl Sagan presentaron en rueda de prensa el Retrato de familia del sistema solar y su Punto azul pálido.

Dos gemelas, dos trayectorias: ganó la más rápida

El programa Voyager se apoya en una cita astronómica: cada 176 años, los cuatro gigantes gaseosos se alinean lo bastante como para que una sola sonda pueda sobrevolarlos todos, dejándose llevar de uno a otro. La ventana de lanzamiento se abría a finales de los años setenta. La NASA envió dos sondas gemelas para no poner todos los huevos en la misma cesta.

Voyager 2 partió primero, el 20 de agosto de 1977, con la ruta completa: Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno. Voyager 1, lanzada el 5 de septiembre, tomó la vía rápida hacia Júpiter. El resultado es un giro elegante: salió segunda de la plataforma y llegó primera. Ya el 15 de diciembre de 1977 adelantó a Voyager 2, y fue ella la primera en sobrevolar Júpiter, el 5 de marzo de 1979, a 280.000 kilómetros de las nubes.

De paso, el equipo descubrió un anillo tenue alrededor de Júpiter, invisible desde la Tierra, y dos lunas nuevas, Tebe y Metis. En Saturno, el 12 de noviembre de 1980, aparecieron cinco lunas más en las imágenes, junto con un anillo inédito. Entonces una decisión marcó el resto del viaje: sobrevolar Titán, la luna de la atmósfera densa, lanzó a Voyager 1 fuera del plano del sistema solar, hacia el norte. Urano y Neptuno quedaron para su gemela.

Vista cercana de Júpiter por Voyager 1: la Gran Mancha Roja, una tormenta más ancha que la Tierra, destaca sobre las bandas de nubes ocre y blancas.
La Gran Mancha Roja de Júpiter, fotografiada por Voyager 1 en marzo de 1979: una tormenta más ancha que nuestro planeta. Crédito: NASA/JPL.

1990: la última foto, y el Punto azul pálido

El 14 de febrero de 1990, a 6.000 millones de kilómetros del Sol, Voyager 1 se giró una última vez hacia la Tierra. La misión: fotografiar nuestro sistema en mosaico, planeta a planeta, antes de orientar los instrumentos hacia fuera para siempre. El Retrato de familia del sistema solar reúne 60 imágenes con seis planetas visibles. Mercurio y Marte, demasiado cerca del Sol, no se dejaron ver.

En una de ellas, la Tierra cabe en un solo píxel, un grano de luz atrapado en un rayo de sol. Carl Sagan, astrónomo del equipo científico, la bautizó como el Punto azul pálido, «un grano de polvo suspendido en un rayo de sol». Unas semanas antes, el 1 de enero de 1990, la misión ya había cambiado de nombre: comenzaba la Misión Interestelar.

Imagen retocada por la NASA en 2020: un estrecho rayo de luz diagonal cruza un fondo negro, con un único punto azul pálido en el centro, la Tierra fotografiada desde 6.000 millones de kilómetros.
El Punto azul pálido, versión retocada publicada en 2020: la Tierra ocupa un solo píxel en el centro de un rayo de luz. Crédito: NASA/JPL-Caltech.

2012: fuera de la burbuja solar

Para entender esa hazaña, hay que imaginar el Sol como un globo que se infla. Sopla sin descanso un flujo de partículas cargadas, el viento solar, que llena una burbuja inmensa alrededor de nuestro sistema: la heliosfera. Su frontera, la heliopausa, marca el límite donde ese soplo ya no puede con el medio interestelar, la materia tenue que ocupa el espacio entre las estrellas.

El 25 de agosto de 2012, Voyager 1 cruzó esa frontera, a 18.000 millones de kilómetros del Sol. Primer objeto construido por el ser humano en entrar en el espacio interestelar. Los datos lo confirmaron con retraso: el plasma, ese gas de partículas cargadas que mide la sonda, se había enfriado y aclarado de golpe cuarenta días antes. Desde entonces, Voyager 1 sondea ese medio, y su gemela la siguió al otro lado en 2018.

El cohete Titan IIIE-Centaur asciende por el cielo de Florida el 5 de septiembre de 1977, su llama iluminando la nube de humo al pie de la plataforma.
El 5 de septiembre de 1977, el lanzador Titan IIIE-Centaur deja la plataforma 41 de Cabo Cañaveral con Voyager 1 a bordo. Crédito: NASA.

49 años después: un remero a la deriva

Voyager 1 no tiene paneles solares ni batería recargable. Su electricidad viene de tres generadores de radioisótopos, una especie de baterías nucleares que convierten el calor del plutonio en corriente. El principio es sencillo: cuanta más fría está la fuente, menos corriente hay. La NASA cifra la merma en unos 4 vatios al año, algo así como la luz de una pequeña linterna de bici que se apaga a fuego lento.

Esa merma se gestiona con cabeza fría. Los equipos científicos y de ingeniería decidieron hace años en qué orden apagar los sistemas de la sonda, para alargar la ciencia sin interrumpirla de golpe. El 17 de abril de 2026 le tocó al experimento LECP, que medía las partículas cargadas de baja energía desde 1977. Siete de los diez instrumentos de la sonda están ya apagados. Quedan dos instrumentos científicos en servicio, dedicados a campos y partículas, el corazón del programa interestelar.

La propia sonda debe aguantar todavía. La NASA calcula que podrá mantenerse al alcance de la Deep Space Network, la red de antenas que escucha el cosmos, hasta aproximadamente 2036. La misión terminará ahí, pero el viaje no: en el año 40272, según los cálculos de la NASA, Voyager 1 pasará a menos de 1,7 años luz, la distancia que recorre la luz en un año, de una estrella discreta de la Osa Menor, AC+79 3888. Su Disco de Oro, un recuerdo dirigido a eventuales extraterrestres, seguirá esperando a su oyente.

Un ingeniero de la NASA ajusta la cubierta protectora del Disco de Oro embarcado a bordo de Voyager, antes del lanzamiento de 1977.
1977: el equipo de la NASA prepara el Disco de Oro de Voyager, un disco de cobre bañado en oro con 115 imágenes, saludos en 55 idiomas y 90 minutos de música. Crédito: NASA/JPL-Caltech.

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