Cada invierno el hielo marino del Ártico se extiende sobre una superficie mayor que Europa y luego se funde en parte durante el verano. Los modelos que proyectan su futuro se equivocan, y no en el sentido tranquilizador. Un equipo de la Universidad de Cambridge y del centro de investigación CIMAT, en México, acaba de demostrarlo con un testigo de hace 6.000 años. Su corrección retira cerca de un millón de kilómetros cuadrados a las proyecciones.
Marzo de 2026: el máximo más pequeño jamás medido
Conviene empezar por el dato, porque es reciente y no admite ambigüedad. El 15 de marzo de 2026 el hielo marino ártico alcanzó su extensión máxima del año, con 14,29 millones de km². Es el máximo más bajo desde que comenzaron las medidas por satélite en 1978, en empate estadístico con los 14,31 millones de km² de 2025.
Para situar la cifra hace falta una referencia. La media de los máximos entre 1981 y 2010 era de 15,65 millones de km². El déficit actual ronda por tanto 1,36 millones de km², casi dos veces la superficie de Texas. Dos récords seguidos no lo dicen todo, pero se inscriben en una pendiente que ya no se discute: el hielo de marzo pierde de media 40.300 km² al año desde 1979, y el de septiembre 76.900 km² al año, según el informe anual de la NOAA sobre el Ártico.
Una precisión sobre lo que mide esa cifra. La extensión no cuenta la superficie de hielo compacto. Suma todas las celdas del océano en las que el hielo cubre al menos el 15 % del agua. Un mar salpicado de fragmentos dispersos cuenta por tanto como un mar helado. Es una convención imperfecta, pero permite comparar 48 años de datos tomados por instrumentos distintos.
El invierno es la mitad olvidada del asunto. La fusión estival ocupa los titulares y la primera desaparición completa del hielo de septiembre se ha convertido en un objetivo de investigación en sí mismo. Sin embargo, es en invierno donde los modelos climáticos más se contradicen. Su dispersión alcanza el máximo en marzo, y su error allí es mucho mayor que en septiembre.
La razón es física. El hielo invernal actúa como una tapa sobre el océano. Retiene el calor acumulado en el agua e impide que la humedad escape hacia la atmósfera. Cuando esa tapa se agrieta, el océano, que se mantiene cerca de -1,8 °C, calienta el aire polar, y ese calor que sube desde la superficie marina alimenta la atmósfera. Ese es el mecanismo que vincula el hielo marino con los inviernos de latitudes medias.
Lo que las algas dejan en el lodo
El problema para saber si los modelos exageran o se quedan cortos es la falta de puntos de comparación. Los registros por satélite empiezan en 1978, menos de cincuenta años para un fenómeno que se juega a escala de siglos. Cuatro décadas son una regla demasiado corta para arbitrar entre modelos que deben valer hasta 2100.
De ahí el planteamiento del equipo. Sin poder viajar al pasado, fueron a buscar archivos en el fondo del mar. Los testigos de sedimento son tubos de lodo extraídos de aguas profundas. Cada capa corresponde a una época, como los anillos de un árbol. Y en ese lodo quedan atrapadas moléculas fabricadas por organismos vivos, conservadas durante milenios.
La molécula en el centro del trabajo se llama IP₂₅. La producen las diatomeas, algas microscópicas de caparazón de vidrio, que viven dentro del propio hielo marino. Cuando mueren, sus moléculas caen al fondo y allí permanecen. Encontrar IP₂₅ en una capa de sedimento equivale por tanto a encontrar la huella de hielo marino en ese lugar y en esa época.
El marcador por sí solo no basta, porque una molécula dice «había hielo», no «había tanto hielo». Por eso los investigadores lo combinaron con moléculas indicadoras de agua libre, los esteroles, producidos por plancton que necesita aguas despejadas. La proporción entre ambos da un índice numérico, escrito ln(PIP₂₅), que varía de forma continua entre un mar completamente helado y uno completamente abierto. Una especie de medidor de hielo, grabado en el lodo.
El equipo reunió 46 de esas medidas, procedentes de testigos repartidos entre los 54° y los 83° de latitud norte. Según los autores, es la mayor recopilación de este tipo construida para el Ártico. Y se centró en una época concreta: el Holoceno medio, entre 5.000 y 7.000 años antes del presente.
Ese periodo no se eligió al azar. En aquel entonces la forma de la órbita terrestre y la inclinación de su eje no eran exactamente las actuales. El Ártico recibía algo más de energía solar en verano y su temperatura media anual era superior a la de la era preindustrial, en un nivel comparable al que preparan los gases de efecto invernadero. El hielo marino era más escaso. Un banco de pruebas a escala real.
Arbitrar 27 modelos con un juez de 6.000 años
Queda usar ese banco de pruebas. Veintisiete modelos climáticos han simulado ese mismo periodo dentro de un marco internacional de comparación llamado PMIP. Un modelo climático, dicho de forma sencilla, es un programa enorme que divide el planeta en millones de celdas pequeñas y calcula, hora tras hora, el comportamiento del aire, del agua y del hielo. Ninguno acierta en todas partes, y dos modelos bien construidos pueden discrepar sobre el hielo marino.
Así que los investigadores pusieron un examen a cada uno. Tomaron la salida de cada modelo para el periodo cálido, la convirtieron en valores de biomarcador comparables con las medidas y miraron cuál encajaba mejor con los 46 testigos. Después llegó un método estadístico llamado bayesiano, que consiste en revisar el propio juicio a medida que llegan las pruebas, como un jurado que sopesa testimonios.
La imagen es la de un jurado de 27 expertos que cuentan la misma historia con variantes. Los testigos marinos hacen de pruebas materiales: no dicen quién tiene razón en abstracto, dicen qué versión encaja con las huellas dejadas en el terreno. Cada modelo recibe entonces un peso, y la media del conjunto deja de ser un voto igualitario para volverse un voto ponderado.
El detalle técnico que importa es que esa ponderación tiene en cuenta el parecido entre modelos. Dos modelos desarrollados en el mismo laboratorio, que comparten trozos de código, no son dos opiniones independientes. El método lo detecta y evita contar dos veces el mismo testimonio. Los modelos de los grupos MPI y MIROC salen con los pesos más altos, los de los grupos GISS y CSIRO con los más bajos. Los autores subrayan que esos pesos no miden la calidad intrínseca de un modelo, sino su contribución a alinear el conjunto con los datos.
El resultado es claro. Aplicados a las simulaciones del pasado reciente, esos pesos borran el sesgo: en media simple, los modelos colocaban demasiado hielo en marzo. Tras la ponderación, la desviación cae a 0,016 millones de km², es decir, un 0,099 %. Y el intervalo de incertidumbre se estrecha un 85 %, desde una horquilla de 6,3 millones de km² hasta una amplitud comparable a las variaciones naturales de un año a otro.
Un millón de kilómetros cuadrados menos, con efectos hasta Europa
Lo que sigue es una aplicación directa. Puesto que esos pesos miden la capacidad de un modelo para reproducir la sensibilidad del hielo marino, sirven para ponderar sus proyecciones futuras. Los mismos 27 modelos, los mismos pesos, tres trayectorias de emisiones: un escenario de desarrollo sostenible, uno intermedio y uno de desarrollo fósil.
En los tres casos la media ponderada queda por debajo de la media simple. La diferencia alcanza cerca de un millón de km² en el periodo 2090-2099, entre el 4 y el 6 % de la extensión invernal. Es un porcentaje modesto y una superficie enorme: un millón de kilómetros cuadrados equivale casi a dos veces España.
El mapa indica dónde ocurre. Las pérdidas más probables se concentran en el mar de Barents, frente a la costa oriental de Groenlandia y en el mar de Labrador. El borde del hielo retrocedería hasta 5,5° de latitud hacia el norte, unos 600 km, la distancia de Madrid a París. Son también las tres regiones donde las observaciones recientes muestran ya el retroceso más marcado, lo que refuerza la coherencia del resultado.
El estudio va más lejos y examina dos consecuencias, con prudencia. Al aplicar sus nuevos pesos a las proyecciones de precipitación, los investigadores observan que las nevadas del sureste de Groenlandia estarían subestimadas en más del 30 % a finales de siglo en el escenario más emisor, unos 44 mm adicionales de nieve en tres meses. Y esa nieve se acumula precisamente sobre el casquete glaciar, donde retrasa el inicio de la fusión superficial.
Otra pista, en el Mediterráneo. Las lluvias de invierno y primavera de finales de siglo podrían duplicar lo que anuncia la media simple de los modelos, con 92 mm más en la estación. Suficiente para elevar el riesgo de inundación en el sur de Europa, aunque los autores insisten en que esos vínculos requieren confirmación.
Aquí el artículo sale de la climatología pura y toca el tiempo de cada día. Menos hielo invernal libera más calor y humedad a la atmósfera. Ese excedente perturba el vórtice polar, el remolino de vientos que encierra el aire frío sobre el Ártico. Un vórtice debilitado deja que el aire gélido baje más al sur, lo que puede producir inviernos fríos y nevados en Reino Unido, el norte de Europa y Norteamérica.
El vínculo está documentado, pero no es mecánico. Ningún invierno se parece a otro y entran en juego otros factores, como la temperatura del Atlántico o los vientos estratosféricos. La formulación honesta es la de los autores: aumenta la probabilidad de esos inviernos fríos y húmedos, sin que nadie pueda anunciar un año concreto por adelantado.
Lo que este estudio no dice
Tres límites merecen mencionarse, porque forman parte del resultado.
El primero es que el periodo cálido de hace 6.000 años no se calentó por las mismas causas que hoy. Entonces era una cuestión de órbita y de insolación. Hoy son los gases de efecto invernadero. La investigadora principal, Crystal Fu, del Scott Polar Research Institute, asume esa elección y la defiende: «Da igual que el calentamiento sea una variación natural o esté causado por la actividad humana: si hace más calor, el hielo marino se funde». Su argumento es que la física del hielo no cambia con la causa del calentamiento.
El segundo es que el método supone que la sensibilidad del hielo marino seguirá siendo la misma en el futuro. Es una hipótesis razonable, pero sigue siendo una hipótesis. Si aparece un mecanismo nuevo, como la desaparición total del hielo plurianual, la ponderación podría perder parte de su pertinencia.
El tercero es que 46 testigos no cubren todo el Ártico. Los puntos de muestreo se concentran sobre todo cerca del borde actual del hielo, en el mar de Labrador y alrededor de Groenlandia, donde los modelos divergen más. Es a la vez una fortaleza, porque son los lugares más informativos, y un límite, porque el centro del océano sigue poco muestreado.
Queda una pregunta de fondo que el estudio no resuelve. El desacuerdo entre modelos no desaparece, se desplaza. Ahora sabemos que el conjunto tiende a demasiado hielo en invierno, y cuánto. Todavía no sabemos por qué algunos modelos simulan mal el hielo, ni qué habría que cambiar en su código para que acierten sin corrección estadística. Ese es el siguiente trabajo.
Por ahora se impone una conclusión sencilla. El Ártico invernal no estará solo más libre de hielo de lo previsto. Lo estará en proporciones que ya rozan los mapas de calor y humedad del hemisferio norte. Y el método empleado aquí, hacer que los modelos del futuro aprueben un examen del pasado, vale para otras variables además del hielo marino. El clima también se juzga por lo que ya ha escrito.
Para saber más
- Seguir el estado del planeta desde la órbita: nuestra página la Tierra en directo reúne los indicadores medidos por satélite, y la guía de observación ayuda a entender lo que se está mirando.
- Conceptos útiles: la atmósfera, que transporta el calor y la humedad liberados por el océano, y la órbita terrestre, cuya forma explica el clima de hace 6.000 años.
- Otro asunto climático visto desde la órbita: nuestro artículo sobre El Niño 2026 y los satélites que lo miden.
- La observación de la Tierra no solo llega desde satélites dedicados. La Estación Espacial Internacional acoge instrumentos apuntados hacia el suelo, como ECOSTRESS, que mide la temperatura de las superficies y la evaporación de las plantas.
- Fuentes de este artículo: el estudio completo en acceso abierto en Nature Geoscience, el comunicado de la Universidad de Cambridge, la ficha de la NASA sobre el máximo de marzo de 2026, los datos del NSIDC y el informe anual de la NOAA sobre el Ártico.







